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Opinión

   Antonio Agustín : Pasarse tres pueblos

Que se haya acabado de golpe la era de la abundancia ha propiciado que tengamos la íntima y profunda sensación de haber perdido el norte.
Hasta 250 euros gastábamos en bebidas alcohólicas y tabaco, y más de 800 euros en ocio y espectáculo cada año en media y por ciudadano durante el último lustro.
Era la era de la abundancia. En el 2006 se iniciaron más de 760.000 viviendas (en el 2008 la mitad), se abrieron hoteles (20.000 ya operando en España) para 84 millones de turistas que también demandaban paella, pasta y menú del día. Cambiaron de mano durante un año 1,4 billones españoles, o sea 1.400 millones de millones de euros en la bolsa mientras se constituían 150.000 sociedades mercantiles al año. En juegos de azar (lotería y demás) llegamos en el mejor de los años a gastar 10.158 millones de euros. O sea 700 por habitante, de los cuales 220 eran lotería.
La euforia se contagió incluso a la cultura porque fuimos más que nunca al cine y leímos más que nunca novelas. Se llegaron a editar al año casi 90.000 títulos nuevos mientras también los de la farándula iban a más: 1.500 compositores de música censados y 2.800 bailarines. Mientras, el 85% de la población declaraba abrirse a internet.
Algo hacía pensar, sin embargo, que esto no podría durar. Mientras se vendían más Bentleys, Ferraris made in Maranello y Porches de Stuttgart que nunca, se batían también records de lo más triste, 486.000 infracciones penales al año, 75.000 tíos enchironados con el consiguiente e incremental gasto en Justicia y policía: 4.700 jueces, 1.600 fiscales y 3.700 secretarios judiciales asistidos por 150.000 agentes del orden.
¿Cómo compatibilizar esto con una tasa de riesgo de pobreza en nuestro país del 20%? ¿Cómo justificar esta magnífica escalada de riqueza con 9,2 millones de niños que mueren al año en el mundo por hambre, con los 900 millones de seres humanos sin acceso al agua potable, 2.500 millones que no saben qué es la sanidad básica y 1.000 millones que padecen desnutrición? Sé que siempre habrá gente que estará dispuesta a pagar 60.000 eurospor clonar su mascota en BioArts International que se presentaba bajo el lema 'Best friends again' (aunque ahora hayan dicho que han dejado de hacerlo). O a sumarse al VHEMT (Voluntary Human Extintion Movement) fundado por Les U. Knight. Éste es el mundo de contradicción tan difícil de entender que nos ha tocado vivir.
Lo malo ahora es que con el parón nadie sabe cómo pagar el pato del estado de bienestar: 216.000 millones de euros en prestaciones sociales (médicos, residencias y demás).
Nunca se brindó más con champagne ni se gastó más en objetos innecesarios como durante los dorados 2006-2008. Nunca fuimos tan ricos. Y probablemente hacía décadas que no nos sentíamos tan tristes como ahora. Quizá porque fuimos hacia adelante sin pensar cuál era nuestro destino. Porque ejercimos de egoísmo y no construimos la casa de ladrillo en vez de paja y troncos. 'Too pa nosotros'. Ni más hijos (cada año 500.000 nuevos sujetos contrarrestando a 385.000 muertos) ni más generosidad ni sentimiento compartido. Construimos tan poco que ahora resulta que si tenemos menos se nos cae el espíritu abajo, entramos en depresión, nos ponemos tristes o en algunos casos algo rabiosos.
Moraleja. La de los tres cerditos. Construyamos una casa grande y sólida en la que quepamos todos y esté al abrigo del lobo. Aunque sea a costa de no estar jugando todo el rato sin pensar en el luego. Esta columna me ha costado un montón. Seguramente porque también sufro contagio.

Antonio Agustín es filósofo y consejero de empresas

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