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Opinión

   Pino Bethencourt : Empecemos a remar juntos

«El gobierno no nos ayuda, los bancos no nos prestan dinero, los ayuntamientos no nos pagan, la seguridad social y hacienda no nos perdonan ni un céntimo, y los inversores no nos creen». Así suena el lamento de los emprendedores españoles, de los autónomos y de muchos desempleados que se plantean por primera vez emprender un negocio propio. Parece que la falta de iniciativa emprendedora es culpa del Gobierno y los bancos exclusivamente.
Como si unos pocos desalmados pudiesen impedir el avance de toda una nación. ¿Usted se lo cree?
No, ¿verdad? Para que unos pocos perjudiquen el bienestar de muchos, tienen que contar con la aprobación, o por lo menos la pasividad, de la mayoría.
Las barreras al emprendimiento español son los síntomas visibles de una enfermedad emocional que ataca nuestra economía. La llamaremos 'síndrome de contrariedad sistemática', por ponerle nombre, y consiste en la incapacidad total de nuestra sociedad para mantenerse fiel a un líder y un equipo.
Es peor que el individualismo porque el individualista simplemente va por su lado sin preocuparse por lo que hagan otros. En España, sin embargo, insistimos en sabotear el avance de los demás, discutiendo en foros y reuniones que se equivocan y criticándolos en cada ocasión que tenemos.
Los políticos nos dan ejemplos de esto todos los días, contagiados por la misma nube emocional que afecta el comportamiento y las ideas de todos los que vivimos aquí. Aunque a cada uno nos guste pensar que esto no va con nosotros, las emociones sistémicas contagian a todos los que viven en el sistema.
Piénselo un poco: nadie denuncia ni publicita lo poco que nos ayudamos los empresarios entre nosotros, ni lo poco que nos ayudan nuestros amigos, conocidos y familiares. ¿ Por qué no cuestionamos la cara de guasa con la que nos miran cuando aparecemos con nuestra primera tarjeta de visita, o todos los cotilleos malsanos que llenan nuestras horas de cafetería sobre este emprendedor o aquél?
Si le va mal es porque es un pringado, y si le va bien, porque es un interesado mentiroso que se está forrando sin compartirlo con los demás. Las malas lenguas españolas no suelen encontrar muchos frenos. Y los amigos pobres de hoy serán enemigos el día que sean más ricos que nosotros.
La triste verdad de España es que todos saboteamos a los pocos emprendedores que se atreven a intentarlo, mucho antes de que el Gobierno o los bancos les den el toque mortal.
El joven ambicioso con una buena idea se la cuenta a su entorno y se pone a trabajar para darle forma, construir un plan de negocio y crear una marca. Pero si nadie le compra nada porque ninguno queremos ser el primero en arriesgarnos con él, su plan de negocio no arranca. Sus hipótesis de venta se hacen más y más voluntariosas a medida que la realidad de sus ingresos se acerca al uno o ninguno.
Cuanto menos le ayudamos las personas que ya lo conocemos, más se frustra y más sueña con un mágico empujón de ventas futuro que le dé algún sentido a todo el esfuerzo y trabajo que gasta. Así es como llega con un plan de negocio poco realista a ver a los bancos y los inversores.
Muchos no le hacen ni caso, pero al final alguno le presta dinero en unas condiciones tan imposibles de cumplir que al final pierde su casa, deja a sus padres en la calle porque le avalaron, y sufre la humillación del 'ya te lo dije' para el resto de sus fracasados días.
A los pocos que superan esta primera ola de ataques e indiferencia les esperan años de duro trabajo sin descanso y muchos conflictos con empleados que, por un lado, les critican por ser los dueños, y por otro, les hacen perder dinero con cada gestión desmotivada que efectúan y su falta de auto-exigencia personal.
Estos ejemplos, las reacciones y los comportamientos que todos aceptamos sin rechistar ni cuestionar su origen son los síntomas de nuestra enfermedad compartida. Ninguno queremos confesar que nos impacta, y por ello nos mueve desde el inconsciente sin resistencia y con total libertad.
Los emprendedores son personas que se atreven a tomar la iniciativa, y por ello merecen un poco más de ayuda y apoyo de quienes les rodeamos. Si todos les prestásemos unas gotitas más de confianza, no necesitarían ir al banco a pedir dinero.
El día que los españoles dejemos de usar los remos para golpearnos y estorbar los avances de quienes percibimos como enemigos, podremos soñar con remar todos en la misma dirección para reconstruir este gran país.
Dejemos de imaginar traidores en todas partes, elijamos a nuestros mejores para liderarnos y apoyémosles en lo bueno y en lo malo. Así, remando todos juntos, llegaremos a algún lado. Equivocándonos unidos aprenderemos a corregir el rumbo. ¡Podríamos liderar el mundo!

Pino Bethencourt es directora de Bethencourt Stretegic Development

Pino Bethencourt : Irresponsabilidad profunda





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