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   ¿Quién se atreve a devaluar el 'euro español'?

M. A. García Vega
MADRID.
Es un axioma tan simple como irrefutable: para que las empresas sean competitivas lo tienen que ser sus trabajadores. En el caso español, esta competitividad se ha basado históricamente en una mano de obra más barata que la de sus vecinos europeos y también menos cualificada. El desarrollo de la economía ha neutralizado esta ventaja competitiva ante el aumento de los salarios y el incremento de la cualificación.
Pero hete aquí, que este círculo virtuoso se ha detenido de golpe en el último año. La crisis ha pulverizado esta inestable fortaleza española y en el debate español se ha instalado una pregunta de hondo calado: ¿cómo volveremos a ser competitivos?
Una de las respuestas pasa por devaluar el euro. «Una devaluación es la medida perfecta para ganar competitividad pues hace todo el trabajo de una vez», describe Natalia Aguirre, responsable de renta variable de Renta 4.
Pero, claro, esto es imposible. La política monetaria no está en manos de España, sino del Banco Central Europeo (BCE), por lo tanto, no puede devaluar el euro buscando esa anhelada competitividad. «La estrategia perfecta sería acometer la devaluación al tiempo que se emprenden reformas estructurales, que ayuden a buscar otro modelo de crecimiento», reflexiona José Luis Martínez, economista jefe de Citigroup.
Este es el escenario macroeconómico ideal. Pero la verdad es que la única reforma al alcance de la economía española –una vez descartada una devaluación real– para conseguir un efecto similar al que tendría una devaluación es «bajar sueldos, salarios y precios que propiciaría, además, una reforma urgente del mercado de trabajo», indica José Luis Martínez.
A nadie se le escapa que ésta es una receta que tendría un coste social y político muy alto. Bajar los salarios ofrecería un efecto similar a una devaluación pues permitiría recuperar competitividad. ¿Imposible aplicar una medida como ésta? «Los alemanes han sido capaces de hacerlo, a partir de una serie de acuerdos entre trabajadores y empresarios», afirma Guillermo de la Dehesa, presidente del Center for Economic Policy Research (CEPR) de Londres. Esta devaluación interna debería tener su propia carpintería, por decirlo así, que pasaría por que los salarios crecieran durante algunos años por debajo de la zona euro; la productividad empresarial aumentara con fuerza y se redujeran los costes salariales; o sea, lo que pagan las empresas por cotizar a la Seguridad Social.
Una política de este tipo recaería , pensarán muchos, una vez más, en el débil: los trabajadores. No le falta razón a quien lo ve así. Por ahora, «la menor fortaleza del euro frente al dólar está dando un balón de oxígeno a las exportaciones españolas, las cuales, vía tipos de cambio, están consiguiendo ser, al menos coyunturalmente, más competitivas», reflexionan en Analistas Financieros Internacionales (AFI).
Sin embargo, lejos de planteamientos más o menos coyunturales, lo cierto es que el debate de cómo aumentar la competitividad se ha instalado en nuestro país. Y ya hay quien desde hace tiempo ha lanzado sus globos sonda al cielo económico. «Nuestras propuestas para aumentar la competitividad y tener un efecto similar al de una devaluación interna serían bajar cinco puntos las cotizaciones sociales y subir dos puntos el IVA (básicamente, como ya está previsto que suceda durante el mes de julio)», avanza Juan Iranzo, director del Instituto de Estudios Económicos. Este gravamen tiene la ventaja de que se deduce de las exportaciones, con lo que multiplicaría, por así decirlo, su potencial devaluador. ¿Hasta dónde?
Esta es la pregunta del millón de euros. El premio Nobel Paul Krugman habla de una deflación del 20% en precios y salarios. ¡Uff! ¿Sería socialmente asumible una propuesta de este tipo? «Con una tasa de paro del 20% y una precariedad laboral mucho más acentuada que en el resto de Europa, plantear esta clase de medidas supondría abrir la caja de Pandora a las movilizaciones y la conflictividad», describe el experto en comunicación Enrique Alcat. Y avanza: «Una propuesta de esta índole habría que comunicarla muy bien a la sociedad». Y aún así los efectos serían impredecibles.
Pues estas propuestas tan radicales no encuentran el respaldo de todas las voces que hacen mercado. Jordi Gual, director del Servicio de Estudios de la Caixa, y uno de los profesionales con más peso económico en este país, no es partidario de estos 'equilibrios fiscales'. Su propuesta se orienta, para ganar competitividad, a reducir los gastos en un sentido pleno. Es decir, no centrarse sólo en lo salarial, sino también en los costes energéticos, de las infraestructuras, de las telecomunicaciones…
A la búsqueda de esta competitividad perdida, los más lógico es que se adopten decisiones intermedias. La subida del IVA por parte del Gobierno va en esta dirección. También es cierto que, como hemos visto, la coyuntura favorable de cambio euro-dólar está facilitando nuestras exportaciones. Pero esta situación no será la panacea a nuestros problemas. «Las exportaciones españolas se dirigen, sobre todo, a Alemania y Francia. Esto es, países de la zona euro con los que compartimos moneda y, por lo tanto, no hay ventajas relacionadas con el cambio. Así que las propuesta o tienen calado o no funcionarán», concluye Natalia Aguirre, de Renta 4. Entonces, ¿se atreverá alguien a ponerle el cascabel a este escurridizo gato? Hagan sus apuestas.




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