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   El arte vuelve a pintar bien de nuevo

Miguel Ángel García Vega
MADRID.
Ya se sabe que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. Al arte contemporáneo le sucede lo mismo, ha vuelto al entorno que siempre le fue más propicio: el optimismo. Las ventas, poco a poco, se están recuperando. Las primeras señales las dio a principios de junio Art Basel (la feria de arte contemporáneo más importante del mundo).

Allí, el comentario general entre los expositores se resumía en «mucho mejor de lo que habíamos pensado». Tanto, que ningún privilegiado del dinero faltó a la cita.
Un año más pasaron (y compraron) por la ciudad suiza algunos de los coleccionistas más poderosos del mundo como Román Abramóvich; los Cisneros; los Margullies; Arnaul Pinault (propietario del emporio LVHM y de la sala de subastas Christie’s); Eli and Edythe Broad, el matrimonio de megacoleccionistas californianos, auténticos popes de este mundo; e incluso, Brad Pitt, un fijo desde hace un par de años en la feria. De hecho, el actor americano se rascó su abundante bolsillo en Suiza. Según The Wall Street Journal, pagó algo menos de un millón de dólares por una pintura de gran tamaño del artista alemán Neo Rauch (Galería David Zwirner). Y se interesó por otra, bastante más modesta en precio (5.800 euros) y superficie (32 x 25 cm), del joven pintor madrileño Jerónimo Elespe (Galería Soledad Lorenzo). Pero llegó tarde, ya estaba vendida.
La feria suiza (como sucede con Arco, aunque, evidentemente, con unas cifras más modestas) nunca da datos sobre ventas. Sin embargo, el optimismo era evidente. Aunque es cierto que se partía de unas expectativas muy bajas. «Las ventas fueron bastante bien; la crisis se ha dejado sentir poco», confirma la galerista Soledad Lorenzo, quien, además, recibió el premio a toda una vida dedicada al arte que la Federación de Asociaciones Europeas de Galerías otorga desde hace cuatro años en Art Basel. Este importante reconocimiento (lo ha recibido también, Ernst Beyeler, cofundador de la feria) no deja de ser una isla dentro del arte contemporáneo español. En la edición de 2009 de la feria sólo se seleccionaron nueve galerías españolas frente a las 26 francesas o las 22 italianas.
Esta escasa representación tiene su reflejo en el limitado número de artistas contemporáneos españoles que tienen una cotización internacional sólida y que, por tanto, suponen una opción de inversión. «En esta exclusiva lista podríamos encontrar nombres como los del omnipresente Miquel Barceló, Cristina Iglesias, Juan Muñoz, Juan Uslé. Manolo Valdés, José María Sicilia, Jaume Plensa y Antoni Tàpies», desgrana el coleccionista y abogado Paco Cantos.
Por que una cosa muy distinta es el mercado del arte y otra la relevancia de ese artista dentro de la historia. A veces coinciden, pero muchas otras no. «Antoni Tàpies ha sido aceptado por el mercado, ahora hace falta que ocupe el lugar que le corresponde en la historia del arte», reflexiona Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía. Ya lo dice el celebérrimo y multimillonario artista británico Damien Hirst: «El arte trata de la vida, el mercado del arte, de dinero».
Entonces, como en el teatro, habría que decir: «Ocupen su localidad, la función va a comenzar». Y las últimas representaciones, casi, cuelgan el cartel de no hay billetes. En las subastas de finales de junio y principios de julio (las últimas de la temporada) de arte contemporáneo, los resultados fueron bastante buenos, demostrando la mala salud de hierro del sector. Sotheby’s vendió el 92,5% de los lotes; Christie’s un 88% y Philips de Pury alcanzó el 75%. En ventas, significaron unos ingresos de 21,85 millones de libras para Sotheby’s; 16,2 millones en el caso de Christie’s y, finalmente, 6,07 millones fueron a parar Philips de Pury. En total, 44 millones de libras. Parece una cifra endeble frente a los 176 millones de 2008, pero dada la situación económica internacional evidencia que el sector ha encontrado su suelo, y a partir de ahí debe rebotar. ¿Lo hará?
«El mercado se está recuperando aunque creo que tardaremos, al menos, varios años en recuperar los niveles de 2008 o 2007. Lo que estamos viendo es un proceso de filtración tanto de precios como de artistas y obras», analiza el coleccionista Marcos Martín Blanco. ¿A qué se refiere este coleccionista de arte contemporáneo segoviano uno, por cierto, de los más importantes de España?
Durante los largos años del boom, el arte sufrió, como otros activos, una hiperinflación desbocada. Los precios de las obras subían en proporción maltusiana y sin aparente explicación. Este comportamiento fue especialmente sangrante con infinidad de artistas chinos (Minjun Yue, Zhengjie Feng, Pei-Ming Yan, Wang Guangyi…) cuyas cotizaciones se disparaban mes tras mes y récord tras récord. «El arte chino refleja, como pocos, todo este tiempo de especulación que hemos vivido. En la mayoría de los casos eran creadores desconocidos en Europa o Estados Unidos. Los precios se disparaban porque eran sus propios compatriotas coleccionistas/especuladores quienes los compraban», analiza Paco Cantos. La excusa para esta actitud tenía un componente económico pero también social.
En principio, la crisis ha puesto una interrogación sobre ella, estaba previsto la creación en China de unos mil centros o museos de arte contemporáneo. Y, claro, todo contingente necesita de contenido. «Y la tentación, para un país que quiere escribir su historia actual, es comprar arte chino contemporáneo antes que internacional», describe Martín Blanco. Por lo tanto, las adquisiciones para estos futuribles museos explican en parte la avidez pasada del mercado.
Si vamos un poco más atrás en el calendario –en la subasta de mayo de Philips de Pury, artistas como Cecily Brown con su pintura titulada Suddenly Last Summer (662.500 dólares) o la videoartista americana Jennifer Steinkamp con su trabajo Dervish 4 (76.000 dólares) alcanzaron buenos precios para sus obras dando muestras de que el cambio de tendencia se empezó a fraguar hace algunos meses.
Los resultados de Christie’s corroboran esta reflexión. En la subasta de arte contemporáneo del pasado 13 de mayo, de los 54 lotes ofertados se vendieron 49; o sea, el 91%, por una cantidad total de 93.734.000 dólares. En el otro lado de la competencia, Sotheby’s, un día después, vendió 39 de los 48 lotes puestos a la venta, lo que supone más del 81%. En total, 43.033.000 dólares algo por debajo de las estimaciones de la casa de subastas, que hablan de 51,8 millones. Sin embargo, se consiguieron récords para Martin Kippenberger (4.114.500 dólares); Christopher Wool (1.874.500); Juan Muñoz (698.500) y Dan Colen (386.500).
Estas cotizaciones, buenas en términos generales, demuestran que lo que sí ha cambiado es la escala de los precios. «Los diez millones de dólares de antes es el millón actual», dice el coleccionista Paco Cantos.
En España, todos estos números se vuelven mucho más reducidos. Si el mercado del arte contemporáneo es pequeño; el negocio de reventa (lo que se conoce como segundo mercado) es ínfimo. Salas como Durán, Segre o Alcalá Subastas, entre otras, tratan de hacerse con un pedazo de una tarta que llevaba una década de lento, pero constante, crecimiento. A pesar de este limitado tamaño, el optimismo recorre el sector. «No dejamos de vender. Es cierto que hay que ajustar más los precios de salida de los lotes, y eso, a veces, resulta complicado, pero el mercado está activo», indica Eduardo Bobillo, director de arte contemporáneo de Alcalá Subastas.
En nuestro país, como hemos visto, hay sólo un puñado de artistas contemporáneos que tengan cotización internacional. Dentro de este grupo de elegidos está, por su puesto, Miquel Barceló. El creador mallorquín tiene, según la consultora Art Price, un índice superior al 80% en la venta de sus lotes en subasta. Por hacerse una idea, sus obras (en primer mercado, o sea, en galería) oscilan desde los 3.000 euros que cuesta un grabado (Galería Yvon Lambert) a los más de 500.000 euros que su principal galerista, Bruno Bichofberger, pide por un óleo de 2 x 2 metros. Otro creador con mercado y precios importantes es Manolo Valdés. Reconocido por sus Meninas esculpidas en madera o bronce, este fundador del Equipo Crónica mueve precios de seis dígitos en reventa. Algo similar se puede decir del desparecido Juan Muñoz. Sus esculturas ya superan de media los 200.000 euros.
El maestro Antoni Tàpies es lo que bien podríamos llamar un blue chip. Su galerista madrileña, Soledad Lorenzo, dice de él «que es el artista más barato con el que trabaja. Poniendo en relación los precios de sus obras con la importancia que tiene en la historia del arte del siglo XX». Desde luego, no le falta razón.
Para quien esté pensando en este mundo como un espacio sólo de inversión, hay que advertirle. El del arte contemporáneo es un mundo complejo. Para el neófito es como intentar leer una gran novela (por ejemplo, Hamlet) en versión original pero sin conocer el idioma. Por eso antes de entrar en él hay que hacer dos cosas. En primer lugar, comenta la galerista y coleccionista Helga de Alvear ,«hay que informarse; y eso supone acudir a ferias, leer revistas especializadas y ver muchas exposiciones». Y, desde luego, también, visitar museos: «Desde el Prado al Reina Sofía. El arte más moderno se comprende aprendiendo del antiguo», reflexiona de Alvear. En segundo término, una buena opción es recurrir a un asesor, que le ayude a separar el grano de la paja.
En el mercado existen algunas (tampoco demasiadas) empresas que se dedican al asesoramiento en arte. Estas firmas, como Arte Global o ABV Arte, están más orientadas en principio a la creación de colecciones que a la inversión como tal, pero pueden ser un buen punto de partida.
Y es que si tratamos al arte con las mismas premisas que utilizaríamos para cualquier otro activo de inversión, entenderemos por qué el asesoramiento resulta tan importante. «El arte contemporáneo es de todo menos democrático. Hay artistas buenos, regulares o malos y también hay obras buenas, regulares y malas.




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